NI YO TE CONDENO

Cuando las personas apuntan con el dedo, cuando se escandalizan, se alejan o te expulsan de sus grupos, te quitan el habla y la amistad porque tu pecado está siendo más evidente que el suyo, ahí en esos momentos más oscuros, Jesús nos ama, nos entiende, no se escandaliza, ni se aleja. Espera firme, con los brazos extendidos a que corras a Él.
Jesús era el único que podía condenar a una eternidad en el infierno a la mujer adúltera, imagínate, era adúltera. Fue encontrada en el acto, y fue arrastrada desnuda hasta los pies de Jesús, todos gritaban contra ella escandalizados, listos para apedrearla, pero Jesús, escribía en el suelo y guardaba silencio, mientras todos gritaban ¡Apedréenla!
Como el buen abogado defensor que es, su argumento atravesó las coyunturas de los corazones de todos los que condenaban a esta mujer: “Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra”, y de repente,  todo el ruido se convertía en un profundo silencio, se acabaron los dedos acusadores, los gritos condenadores, los juicios de muerte.
Solo quedaron Él y la mujer… ¿Dónde están los que te condenan? Le preguntó Jesús. Ella, sucia, desnuda, raspada por haber sido arrastrada, seguramente con heridas ensangrentadas y con un corazón atemorizado levanta la mirada y nota que no ha quedado ni uno solo, solamente el único que sí puede condenarla, seguramente estaba más aterrorizada de antes, este hombre frente a ella era Santo, sanaba enfermos, alimentaba a miles, revelaba los misterios de las escrituras, no era cualquier fariseo religioso, era el Hijo de Dios. 
Con temor se atreve a contestarle, “No ha quedado ninguno.” Jesús seguramente le sonreía tiernamente al decirle: “Ni yo te condeno, vete y no peques más.”
Al igual que la mujer adúltera, yo he tenido momentos muy oscuros en mi vida,  en los que las personas dejaron de amarme porque no llenaba sus expectativas, porque era demasiado escandalosa, demasiado pecadora,  me abandonaron, me juzgaron y me etiquetaron para siempre.
Al igual que ella, me atemorizaba más quedar sola ante El Maestro, que ante las personas, me aterrorizaba la decepción que hubiera podido causarle a Dios, la suciedad de mi pecado quizás le horrorizaba, y le exasperaba mi famino corazón. Pero, El también me sonrío y me dijo: “Yo no te condeno, te amo y voy a limpiarte de tu maldad.”
Quizás hoy te sientas atemorizad@, suci@, y estés pensando que ya no puedes acercarte a Dios, pero, yo quiero recordarte que Dios está listo para abrazarte, consolarte y limpiarte las heridas que le hayas hecho a tu alma al pecar.
Acércate confiadamente, porque alcanzarás misericordia, aún estás a tiempo de correr a los brazos de Jesús,  hoy  aunque puedas estar en tu momento más oscuro, te exhorto a levantar tu mirada al cielo y ver que hay una sonrisa amorosa para ti diciéndote: “Ni yo te condeno”…
 

Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús… Rom. 8:1 (a)

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